Crónica de un Ensayo


El Maestro Abreu, antes de iniciar el ensayo en el Teatro Colón. 

Eran las dos y media de la tarde; casi doscientos músicos íbamos rumbo al mítico Teatro Colón. El trayecto del hotel al teatro fueron escasos 10 minutos. Todos en silencio. La algarabía que caracteriza a los miembros de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela o la Bolívar (como cariñosamente se le llama) quedo congelada en el salón del almuerzo. Por ahí, un músico solfeaba los patrones rítmicos de la Danse Sacrale de Stravinsky (tan complejos y tan riesgosos). Otro escuchaba el Quinteto para Piano de Shostakovich a todo volumen a través de sus audifonos. Cada quien con su propio ritual para prepararse. Ya no había tiempo de pensar en otra cosa mas que en el concierto—en el reto.

Enorme.

El Teatro, recientemente renovado, es un símbolo nacional y motivo de orgullo para los Argentinos. Ha sido escenario de grandes conciertos—las variaciones Goldberg con Barenboim, la Orquesta Nacional de Francia con Charles Dutoit; sendas y ya legendarias representaciones operísticas con Maria Callas y Enrico Caruso. La Bolívar ya había estado aquí. Bajo la dirección del Maestro Abreu y recientemente con Gustavo Dudamel quien ofreciera una Séptima de Mahler excepcional, y según me relato el concertino Alejandro Carreño, de memoria (inclusive la orquesta). Pero en esta ocasión el concierto quedo sobrevendido y se tuvo que abrir la sala durante el ensayo general. Ahí estuvieron los niños, los jóvenes músicos de Buenos Aires; sus maestros y otros conocedores de la música culta. Los asientos de platea para el concierto rondaban en los quinientos pesos. Pero todos ellos pudieron apreciar a la orquesta sin costo alguno.

A las tres y media en punto, el Maestro Abreu subió al podium y en un momento muy emotivo compartió la reseña previa del diario La Nación:

"Juntos estarán, y podrían ser nombrados en cualquier orden, la mejor orquesta latinoamericana (y entre las del mundo también), el director joven más talentoso y espectacular del planeta, el compositor más trascendente y cardinal de su tiempo (y, tal vez, de todo el siglo pasado) y uno de los compositores más talentosos y originales de nuestro continente. Sinceramente, pocas veces se da una conjunción tan extraordinaria. Podemos recordar infinidad de visitas al país de prestigiásemos y fantásticos organismos sinfónicos con directores sobresalientes. Pero pocas veces, o quizá nunca, una orquesta arriba a estas tierras con un programa tan sustancial, trascendental, contundente y riesgoso como el que hoy traerán Dudamel y sus muchachos."

Y comenzó el ensayo.

Cuatro horas de tremendo esfuerzo. “Si no se cansan, entonces esto no valdrá la pena, no funcionara,” les dijo Dudamel haciendo alusión a la coda de la Consagración de la Primavera de Stravinsky (el numero 177 de la partitura). La orquesta debía de dar todo, incluso en el ensayo. En la décima fila del teatro, Joshua Dos Santos (otro gran talento de El Sistema) y yo estuvimos muy atentos a cada gesto del Maestro Dudamel, a cada sonido que emanaba de la orquesta. Los balances debían de quedar perfectos. Había que reubicar a las percusiones en la Noche de Jaranas, el segundo movimiento de la Noche de los Mayas de Revueltas. Los encores estuvieron muy bien cuidados tambien. La "Muerte de amor" de Tristan e Isolda de Wagner recibio particular atención, sobre todo por la densidad de las texturas orquestales, los tiempos, los silencios. Los momentos cumbres debian sonar, como "olas de fuego."

Y al final, en el mayor momento de inspiración, Dudamel le dijo a sus músicos: “La Orquesta Simón Bolívar debe reconocerse visionaria; como la primera línea de batalla de un gran sueño, alimentado por la conciencia del trabajo en equipo.”

Por eso la orquesta cimbró el Teatro Colón. Por eso es ejemplo para todos.

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